miércoles, 20 de febrero de 2013

Afrontamos nuestras penas, enterrando nuestros sueños y amaneciendo a oscuras.
Aprendemos a competir desde una cuna y el tiempo se nos escapa porque solemos vivir pensando en el mañana.
Morimos por dentro y peleamos, mientras, vamos creciendo.
Creemos que quien tiene más, vale más y es el que más gana.
Somos una especie egoísta, hipócrita , a veces, y sólo cuando se apaga el universo y nos sentimos solos contamos los defectos que nos queremos corregir.
Nos amarga la agonía, palabra muy corta que a veces sentimos muy larga.
Con la familia terminamos por romper y el silencio del amigo nos acusa.
Maldecimos a la ciudad y a los sinvergüenzas que la dirigen.
Parece que buscamos a alguien, pero no sabemos a quién.
No... Esto no es el paraíso. Demasiada gente diviso a las que la manipulación les ciega.
Quizá ando enamorada de los humanos sin disfraz, también aterrada. Así que no me tengáis en cuenta si mi corazón revienta; 7.000.000 de habitantes y no veo a casi nadie.
Demasiado siento y veo, pero queda poco más que tristezas, miedos y pretextos.

No es un mundo, es una ilusión.
Una carta de postres saboreada por los 10 más ricos de un país, mientras que los otros 40 millones sólo alcanzar a mirar los precios y humedecerse las comisuras de los labios.
Una mentira.
Un sueño, una media vida, que no vida sino límite de la angustia.
Esta no-vida, camuflada entre palabras y abrazos, tal vez un beso de vez en cuando, se precipita hacia el vacío de la muerte, sin haber llegado a ser vivida realmente.
Luchamos contra el tiempo con cremas faciales, con risas y, los 10 más ricos, con operaciones de estética.
Pero no nos engañemos; la vida se acaba y... No la vivimos del todo.
Yo, como joven por fuera y anciano por dentro, te advierto:

No vivas muriendo. Porque morirás sin vida.

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